Estratègies obliqües (2)

Confío en que no tendré lector seguido. Sería el que puede causar mi fracaso y despojarme de la celebridad que más o menos zurdamente procuro escamotear para alguno de mis personajes. Y eso de fracasar es un lucimiento que no sienta a la edad. / Al lector saleado me acojo. He aquí que leíste toda mi novela sin saberlo, te tornaste lector seguido e insabido al contártelo todo dispersamente y antes de la novela. El lector salteado es el más expuesto conmigo a leer seguido. / Quise distraerte, no quise corregirte, porque al contrario eres el lector sabio, pues que practicas al entreleer que es lo que más fuerte impresión labra, conforme a mi teoría de que los personajes y los sucesos sólo insinuados, hábilmente truncos, son los que más quedan en la memoria. / Te dedico mi novela, Lector Salteado; me agradecerás una sensación nueva: el leer seguido. Al contrario, el lector seguido tendrá la sensación de una nueva manera de saltear: la de seguir al autor que salta. (Macedonio Fernández)

En los viajes, por más que los haya repetido mil veces, uno siempre esconde la fantasía de que no solo el paisaje será nuevo, sino la gente y en una de esas uno mismo. Que por estar en Moscú o en Puerto Saavedra se descubrirán verdades inmensas que en general no se ven por culpa de un vecino insoportable o porque el camino que tomamos cada día para ir al trabajo es tan aburrido como el béisbol. Al final nunca es así, pero los viajes ofrecen esperanza y supongo que por eso hay tanto adicto a armar las maletas y salir corriendo. De hecho, quizá no haya literatura más fantástica y optimista que la publicada por Lonely Planet. En todo caso, ahora que el tren avanza por una pequeña ciudad llamada Oss, me digo que lo curioso de este recorrido, su principal gracia, es que no hay novedad. Es siempre igual. Calcado. Pasan años, presidentes, guerras y cortes de pelo, pero este viaje que repito todas las semanas, desde hace ya un par de años, es siempre el mismo. No hay paisajes ni países nuevos, pero en cualquier detalle, por mínimo que sea, incluso en la sonrisa falsa de la revisora de boletos, sigue intacta la posibilidad de romper la costumbre, lo normal. En otras palabras, de salir realmente de viaje. (Gonzalo Maier)

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